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A 10 años del caso del “Monstruo de Amstetten: “Nací para la violación”

Ni su propia mujer, Rosemarie, llegó a sospechar jamás que su encantador marido Joseph Fritzl guardaba un secreto: había secuestrado a su propia hija, de la que abusaba sexualmente y con la que había tenido siete hijos. El destino quiso que una de las hijas -en realidad, nieta- del pederasta, Kerstin, de diecinueve años, tuviese que acudir al hospital aquejada de una rara enfermedad.

Durante el reconocimiento médico, los especialistas encontraron en uno de sus bolsillos una nota en la que contaba su historia y pedía ayuda. Los doctores, extrañados, pidieron hablar con su madre, Elisabeth. Entonces explotó la mentira y la verdad salió a la luz. Uno de sus vecinos era un auténtico “monstruo”.

Amstetten (Austria) fue la ciudad que vio nacer, crecer y cometer las más macabras aberraciones a Josef Fritzl. Desde el 9 de abril de 1935 esta pequeña población fue testigo de cómo su infancia se convertía en un infierno. Según su propio testimonio, Fritzl -abandonado por su padre cuando tenía cuatro años- sufría toda clase de maltratos y abusos físicos por parte de su madre, a quien en su vejez también llegó a encerrar a modo de venganza. Aquel martirio infantil, provocado en parte por ser el único vástago de la familia, llevó a ambos a construir una relación tormentosa de amor y odio.

Gracias a algunos de los informes psiquiátricos elaborados para el juicio, supimos que Fritzl temía a su madre más que a nada en el mundo. Los continuos insultos que ésta le profería -“Satán, inútil y criminal”- y las absurdas prohibiciones a las que lo sometía -no podía practicar deporte ni tener amigos, por ejemplo- llevaron al joven Josef a desarrollar una personalidad fría y violenta bajo una apariencia tranquila y serena. De hecho, acudió al colegio y fue un buen alumno.

Estudió mecánica y tecnología electrónica, base primordial para convertir el sótano de su casa en un zulo donde encerrar secretamente a su hija Elisabeth años más tarde. También trabajó como electricista, director de una empresa que fabricaba hormigón y como representante de una factoría danesa de construcción de tubos de hormigón. Vivió en Luxemburgo y Ghana, y se casó con Rosemarie, con la que tuvo siete hijos, entre ellos, Elisabeth. Se jubiló cuando cumplió los sesenta años.

Pero antes del secuestro y el abuso sexual de su hija Elisabeth por más de dos décadas, Fritzl había practicado con su madre. Durante las largas conversaciones que mantuvo con su psiquiatra, Adelheid Kastner, el austríaco confesó haber devuelto con creces los maltratos a los que había sido sometido por su progenitora. Pasó de ser víctima a verdugo, vejandola hasta que murió en 1980. “Ser capaz de probar el fruto prohibido fue demasiado fuerte. Era como una adicción”

No obstante, este comportamiento sexual y violento lo exteriorizó a finales de los años sesenta, cuando fue acusado de violar a una mujer. El sexo opuesto estaba siendo el blanco perfecto para contrarrestar todas las humillaciones a las que lo sometió su madre. “Nací para la violación y, pese a ello, aún me contuve largo tiempo”, ratificó a su psiquiatra durante una de las sesiones.

De los múltiples encuentros sexuales, Elisabeth dio a luz a siete hijos que fueron testigos de aquellas aberraciones. Tres de ellos -Kerstin, de diecinueve años, Stephen, de dieciocho, y Felix, de cinco- permanecieron junto a su madre bajo tierra; tres más -Lisa, de quince años, Monika, de catorce, y Alexander, de trece- vivían junto a Josef y su esposa en la casa; el séptimo murió al tercer día de vida y fue incinerado.

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