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El futuro del cerebro:­ un debate necesario­

“Hay que desconfiar de los charlatanes expertos en ‘neuromitología’ que intentan reducir la complejidad del ser humano a procesos mentales, químicos o eléctricos. Aunque esta neuromanía es provocada en parte por cierta connivencia entre lo político y lo científico, también es fruto de una larga fascinación del público profano por los resultados de la investigación científica (o pseudocientífica) sobre el cerebro”, advierte el neurobiólogo francés Pierre-Marie Lledo en su último libro ‘El cerebro en el siglo XXI. La mente, la tecnología y el ser humano’ (Editorial El Ateneo).

El investigador, quien dirige la Unidad de Percepción y Memoria en el Instituto Pasteur de Francia, sostiene que las cuestiones que plantea el actual boom “neuro” invitan a repensar rasgos característicos del ser humano, tales como su poder de decisión, la identidad de la naturaleza humana o la responsabilidad individual y social, dominios antes reservados a la teología y la filosofía.­

“Tras los inmensos progresos realizados desde hace unos quince años, por primera vez en la historia de la humanidad estamos a punto de descifrar el funcionamiento más íntimo de nuestro cerebro y de explicar cómo surgen los pensamientos en nuestra mente, cómo se forman, se transforman y desaparecen nuestros recuerdos, y también cómo pueden enriquecerse nuestras facultades cognitivas con nuestras emociones y otros factores humorales cuando se entiende el cerebro como un sistema abierto en permanente desequilibrio, por estar sometido a diversas demandas provenientes de nuestro medio ambiente y de nuestros estados interiores”, asegura Lledo, que ha dedicado buena parte de sus investigaciones a la posibilidad de adaptarse y regenerarse del cerebro.­

Todos esos logros científicos -escribe en su libro- ofrecen no solo la posibilidad de aliviar a la humanidad de la carga cada vez más pesada de los trastornos neurológicos sino también de desórdenes psiquiátricos, como los trastornos del estado de ánimo que incluyen la depresión, el síndrome de desgaste profesional y los trastornos bipolares, o los trastornos de ansiedad. ­

“Muchos siguen temiendo a los descubrimientos científicos, sobre todo cuando se aplican al cerebro”, advierte el investigador, al tiempo que reconoce que “es cierto que los avances de los investigadores plantean a veces cuestiones éticas cuando no se trata de curar sino de aplicarlos al sujeto sano, para aumentar sus desempeños cognitivos, manipular su memoria o construir in vitro un cerebro aislado a partir de células madre”. ­

En opinión de Lledo, la posibilidad de intervenir directamente sobre el cerebro para modificarlo y transformarlo, “plantea hoy la eterna cuestión de la naturaleza humana y su libertad consustancial”.­

Coincide con Vilayanur Ramachandran, neurólogo de la Universidad de California en San Diego, quien afirma que la neurociencia constituye hoy una revolución científica que cuestiona la esencia misma del hombre y tendrá efectos tan importantes como la revolución copernicana (1543), la darwiniana (1859) e incluso la freudiana (1896).­

NEUROFILIA

Lledo ofrece en ‘El cerebro en el siglo XXI’ una mirada realista y crítica sobre el gran potencial de las neurociencias, al advertir a los lectores sobre los enfoques que aún carecen de sustento científico.

“Aunque a veces cayó en excesos, la imagen cerebral se convirtió en la herramienta más popular de estas dos últimas décadas, porque es fácil de usar y parece sencillo interpretar sus resultados”, reconoce, para luego agregar: “No llama la atención que expertos provenientes de diversos horizontes se hayan acercado para descifrar el funcionamiento interior de nuestro cerebro gracias a imágenes tomadas en diferentes condiciones”.­

Según apunta el neurobiólogo, los adeptos de esta nueva religión, ávidos de ‘neuroíconos’, ofician hoy en todas partes: en el mundo de la educación (neuroeducación), de la medicina (neurólogos y psiquiatras), de la justicia (neurojusticia), de la economía (neuroeconomía), de las empresas (neuromarketing) o del arte (neurogastronomía, por ejemplo).

“Estos consideran que la imagen funcional es un medio seguro para comprender, por ejemplo, el comportamiento aparentemente aleatorio del consumidor y descifrar sus estrategias de consumo. Sin embargo, cuando se analizan de este modo los mecanismos de la toma de decisiones con la idea de influir sobre los consumidores, las herramientas que le ofrece la neurociencia al neuromarketing plantean espinosos problemas éticos”, subraya.

Asimismo, Lledo pone de manifiesto que desde hace unos diez años la neurociencia se acerca al psicoanálisis y que aunque “este acercamiento parece deseable para su potencial de inventiva”, el nacimiento de un supuesto ‘neuropsicoanálisis’ “alejaría fatalmente a ambos de sus respectivos fundamentos”. En ese sentido, enfatiza que la neurociencia y las ciencias cognitivas tienden a reducir el psiquismo a procesos “naturales”, mientras que el psicoanálisis aborda la psique como un estado resultante de fenómenos “culturales”.­

Por otra parte, el investigador comenta que esta “epidemia de neurofilia” invadió incluso a la filosofía, bajo el impulso de Patricia Smith Churchland, que inventó el neologismo “neurofilosofía” en un libro con ese título, que se hizo famoso.

“Como la filosofía, la ética también se impregnó de esta neurofilia contagiosa y galopante. Una corriente muy fuerte, nacida en los noventa, sostiene que es preciso revisar las bases filosóficas de los pensadores griegos como Platón, Aristóteles o los estoicos. Para estos revisionistas, los nuevos descubrimientos científicos llaman a sustituir la ética por la neuroética. Esto permitiría reinterpretar las reglas éticas como el sentimiento de injusticia, el sentido moral o la expresión del libre albedrío (y por lo tanto, de la responsabilidad del individuo) a la luz de manifestaciones cerebrales particulares”, prosigue.­

Lledo indica también que, del mismo modo, nació en los noventa la neuroteología, “para comprender la experiencia mística a través de procesos mentales o, más exactamente, para identificar los rastros de la fe inscriptos en los circuitos nerviosos”.­

Para el experto, aunque produzcan cierta euforia, todos estos sucesos ‘neuro’ ocultan a veces “una derrota del pensamiento reduccionista”.

“La expansión tentacular de la neurociencia pudo desarrollarse tan fácilmente gracias a anuncios a veces estruendosos, perentorios, que prometían un futuro mejor y a una retórica de la felicidad basada en el conocimiento perfecto del funcionamiento del cerebro”, argumenta. ­

LA ESENCIA HUMANA

El especialista, quien también dirige el laboratorio de Genes, Sinapsis y Cognición del Centro Nacional para la Investigación Científica en Francia (CNRS, por su sigla en francés), ­expresa que a pesar de sus excesos -y a veces incluso su osadía filosófica- este movimiento no debe dejarnos indiferentes, ya que anuncia un cambio cultural propio de las sociedades desarrolladas que, inevitablemente, deberán abordar la cuestión de qué constituye la especificidad del hombre desde un ángulo nuevo, en particular el de las relaciones que mantenemos con el mundo y el lugar esencial que en él ocupa el otro.­

“Se trata nada menos que de debatir una parte del futuro de la humanidad y sus posibles transformaciones, deseables o temidas”, resume.­

Aunque los medios intelectuales, culturales, científicos y técnicos nunca fueron tan poderosos como ahora para comprender lo humano, queda por determinar qué lugar deben ocupar estos conocimientos en la sociedad y qué sentido debemos darles, insiste Lledo.

“Más que de comprender un funcionamiento biológico, se trata de definir lo que es propio del ser humano y cuál debería ser su futuro. Para esto, no se necesita una neurofilosofía, una ilusión de los cientificistas que tratan de ganar lugar a toda costa, a veces a ciegas, contra la ignorancia y el oscurantismo por medio de la ciencia aplicada a todos los terrenos. ¿No sería preferible volver a las bases para recuperar una mirada maravillada sobre el ser humano?”, remarca.­

EL MUNDO, UN LABORATORIO

Las neurociencias avanzan y ofrecen en la actualidad valiosos conocimientos teóricos para explicar e interpretar otras disciplinas de las ciencias humanas y sociales. “Hoy la neurociencia pasa de ser una ciencia teórica a una ciencia aplicada que desacraliza el cerebro y se concibe al servicio de lo cotidiano: educación, administración de empresas, convivencia, competencia social…Pero no deberíamos sucumbir a una retórica de la promesa de días mejores, porque este corpus de datos, teóricos y experimentales, no es todavía suficientemente amplio y sólido como para servir de base, dictar leyes y producir conductas estables en la sociedad”, aclara.

No obstante, asegura que esto no debería desalentar a los científicos para seguir el camino trazado por los pioneros, sino todo lo contrario.­

“Las ciencias del cerebro deben abrirse a nuevos campos de estudio para que toda la sociedad se convierta en un vasto laboratorio y los procedimientos experimentales triunfen en disciplinas que eran renuentes a ellas: en primer lugar, la educación”, remarca, al tiempo que agrega: “El éxito de este enfoque depende de los esfuerzos que se realicen para estudiar en conjunto la cerebralidad (incluyendo el par cerbero-mente) y la sociabilidad: dos dimensiones complementarias del vasto exosistema constituido por la humanidad”.­

Para finalizar, explica que el objetivo de su libro es mostrar que tratar de conocer mejor el cerebro, la conciencia o las bases neurobiológicas del comportamiento no es un empresa de deshumanización, sino todo lo contrario. “Comprender el cerebro y su funcionamiento permite también conocerse mejor”, concluye.­

La Prensa