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Bienvenido al boxeo, Don Quijote

La pregunta es por qué en un deporte tan apreciativo como el boxeo, las opiniones suelen ser tan drásticas, las afirmaciones tan absolutas, y las verdades tan acabadas, como para descalificar cualquier argumento contrario al nuestro.

Es que el boxeo es mucho más que una apreciación técnica, incluso que un deporte. El boxeo suma al paladar íntimo, una selección automática inconsciente de lo que deseamos suceda y de lo que nuestra empatía nos dicta, que es lo más difícil de combatir.

Pero como además de un deporte es un negocio, con una filosofía antagónica a la deportiva, las posturas se radicalizan y cierran, y las suspicacias se potencian.

Se cuestiona entonces la objetividad ajena, como si estuviera de antemano contaminada por el circo. Se ataca la honestidad. Se desconfía de la ecuanimidad, y la sapiencia del otro aumenta o disminuye según coincida o no con el parámetro madre: el nuestro.

Toda credibilidad ajena está en tela de juicio si no concuerda con nuestra apreciación, máxime si nos respalda la mayoría, sin analizar la calidad de esta.

El boxeo nos desnuda, nos muestra las miserias. Nos escanea desde el cerebro hasta la lengua, desde el pensamiento hasta la palabra. Nos expone ante los espectadores más que a los propios boxeadores, y sintetiza el duelo de uno de los mayores conflictos humanos: razón vs corazón. La conveniencia racional del negocio, o el romanticismo quijotesco de los sentidos.

Pero en algo estamos todos de acuerdo: la segunda versión de Canelo-Golovkin fue mejor y más dura que la primera.

Y el mexicano además superó su producción, y mejoró su imagen ante el aficionado común.

¿Golovkin fue más, menos, o similar al de la versión 1?

Difícilmente haya muchos que sostengan que el kazajo creció respecto de la primera, por lo tanto, con un pensamiento lineal, sería lógico deducir que si el único que creció fue el Canelo, mereció la victoria.

Sin embargo, no fue así. Por el contrario, para la gran mayoría este fallo fue peor que aquel, al punto de haberse considerado masivamente como “robo”.

Y tiene que ver con que aquel empate no perjudicó a nadie -ya que Triple G siguió reinando-, mientras que en ésta, la victoria del Canelo alteró el orden.

No obstante, salvó la industria. Porque una victoria de GGG no resistiría una tercera versión, después de dos peleas en las que dominó –se las hayan dado no-. Y más estando en posesión del título y del invicto, sin polémicas a la vista, y con un Canelo obligado a reinventarse, antes de cualquier pretensión.

De haber sido así, ¿qué pelea “grande” podría hacerse en los próximos meses, o años, de la magnitud de Golovkin-Canelo?

¿Mayweather-Pacquiao II, con lo veteranos que están ambos? ¿Los supermoscas, entreverados en un minitorneo? ¿Lomachenko-Mikey García? ¿Los pesados Wilder vs Joshua? ¿Los plumas Santa Cruz-Valdez? ¿Los gallos Inoue-Manny Rodríguez? En fin…

¿Alcanza alguno la estatura de maxi estrellas, con sus victorias y trayectoria, clásicos, fama, o epopeyas vividas, como para ameritar reemplazar a cualquiera de estos popes?

Joshua le ganó a Klitschko, e hizo la plancha. Wilder tiene en su haber a Luis Ortiz y paremos de contar. El resto tiene alguna que otra cosa meritoria, pero nada que haya repercutido al punto de que la gente por la calle pregunte, o asocie su nombre con el boxeo.

De no existir Canelo-Golovkin III – que aunque no está firmada, se pide a gritos-, el 2019 transcurriría sin ninguna pelea del año. ¿Era inteligente?

Esto es lo que se intentó transmitir en la columna de la semana pasada, “El lado C”.

¿Qué es el lado C, teniendo en cuenta que Canelo era el A y Golovkin el B? Los jueces.

Y con ellos, el negocio, el contexto. Y el boxeo. Por encima de “ésa” pelea en particular.

Cuando GGG ganó la pulseada comercial, pidiendo un 50 y 50 del negocio, que después decantó en una suma no menor a los 20 palos verdes, perdió la boxística, y de algún modo lo sabía. ¿O pensaba que se iba a llevar los dólares y la corona?

¡Hola Triple G! ¡Hola inocente mundo del boxeo!

Hasta aquí hemos llegado con él, que siempre fue así. ¿O es esto una novedad que sólo sucedió el sábado por primera vez?

Tenemos derecho a estar indignados, pero también tenemos que tener la sabiduría de entenderlo. ¿O el mundo es mucho más justo que un fallo de boxeo de un peleón -dentro de todo, parejo-, donde mirando con un poco de altura ninguno de los dos mereció perder?

Cualquier fallo en estas condiciones se respeta, si somos democráticos y no nos creemos los dueños de la verdad.

Lo que rebela es que más allá de la paridad y justeza del mismo –este columnista tenía 115-113 para GGG, quien no mereció irse derrotado-, la postura a favor del kazajo la refuerza no la amplitud del mismo, que dependió de un par de rounds fallados al revés, sino la cantidad de gente que vio lo mismo (un 90 %).

Y lo que duele es que “casualmente” ninguno de los tres jueces haya acompañado tan mayoritaria apreciación.

Diario Popular

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