San Cayetano: una fé que se renueva

Durante todo el lunes se espera que cerca de un millón de feligreses se acerquen al santuario de Liniers.

Un partido de chinchón, varias revistas de sopas de letras, una charla sobre lo complicado que es dejar de fumar, algunas conversaciones sobre lo difícil que es llegar a fin de mes, centenas de sillas plegables que dibujan decenas de rondas de mate y facturas, el capítulo de alguna serie que se reproduce en la pantalla del teléfono celular, choripanes a 50 pesos, agujas de tejer y ovillos de lana, muchas, muchísimas espigas que parecen trigo y que se venden a entre 10 y 20 pesos. Todo eso había esta tarde en la fila de quienes, a lo largo de seis cuadras, esperaban para entrar desde las 0 del lunes al santuario de San Cayetano, en Liniers. Mañana es el día en que los seguidores de este santo de la Iglesia Católica se acercan para agradecer y para pedir, según se observa en las estampitas que se venden a $ 1,50, “paz, pan y trabajo”.

“Yo vengo hace 25 años: mi marido se había quedado sin trabajo y una vecina me recomendó visitar a San Cayetano. Vine, la situación de mi marido mejoró y ahora vengo a agradecer”, decía Liliana Sánchez, una de las primeras en la fila más rápida para ingresar al santuario. La otra fila, la más lenta, permite a los fieles pasar justo enfrente de la figura del santo al que veneran; la rápida, en cambio, sirve para entrar al santuario, rezar y salir.

“No es que las cosas estén bien, falta trabajo y hay crisis económica: creo que por eso incluso viene menos gente, porque es costoso estar acá, permanecer unos días, pero yo igual vengo a agradecer porque en otras ocasiones el santo me ayudó”, reflexionó Alicia: tiene 77 años, es de Pilar, y hace un cuarto de siglo que cada 7 de agosto participa de la celebración religiosa en Liniers.

Primera en la fila de los que pasarían bien cerca de la figura de San Cayetano estaba Noris De Arregui: “Hace 62 años que vengo el 7 de agosto. Estoy desde el 4 de junio con una casita rodante y aprovecho que mis nietos viven a la vuelta para ir a comer y a bañarme allí. Entré 35 años arrodillada porque fue la promesa que le hice al santo si salvaba a mi hijo del cáncer”, contó. Y siguió con su relato: “Hay menos gente que otros años porque cuesta plata venir y quedarse acá: un café con medialunas son $ 50 y eso es sólo el desayuno”. En la casa de sus nietos también atiende turnos de pedicura, el oficio que ejerce desde que se jubiló como peluquera.

En la fila, varias cuadras más atrás, está Nazareno y el carro en el que junta cartones y papel de diario por los barrios porteños de Palermo y Recoleta. Vende cada kilo de cartón a $ 1,80 y hace tres años que se acerca al santuario cada 7 de agosto: “La cosa no anda bien, aunque nunca estoy sin nada de trabajo, pero vengo a agradecer el que hay y a pedir más porque así no llegamos”, definió.

Alfonso Pérez y Vanina Petrasso son pareja y llegaron a la fila desde San Antonio de Areco: “La primera vez que vine fue porque estaba muy mal de trabajo y Vanina me sugirió venir. Cada año pasa lo mismo: el trabajo afloja y después de pasar a ver a San Cayetano, vuelve a levantar, por eso vengo a agradecer”, se entusiasmó él, que trabaja como obrero.

Junto a Vanina y a otros fieles de Garín, La Tablada y Lanús, Alfonso cocinó y repartió 80 porciones de guiso durante la noche del sábado. “Yo adelanté horas en las casas en las que trabajo como empleada doméstica para poder venir como hago desde hace 25 años”, explicó Vanina.

Alejandro Vignale, párroco del templo de Liniers, estimó que este lunes pasarán por allí “entre ochocientas mil y un millón de personas”.

 

(Clarín)

También podría gustarte